Ni es año nuevo, ni vida nueva, pero este es un blog nuevo.
Yo creo que ya hace veinte años del primer blog que abrí. No lo he mirado, y no sé si podría recuperarlo (¿sería con chicacique? ¿O una cuenta anterior de blogger, antes de que Google la comprara?), pero así, a ojo, por ahí debe de andar. Y estos días he estado pensando mucho en el tema, en escribir de nuevo, en lo terapéutico que me resulta y lo bien que me vendría hacerlo con un poco de asiduidad.
Acabo de terminar una redacción de alemán sobre arte, y estaba aquí con el portátil, me estaba gustando eso de teclear y ver las letras aparecer mágicamente... Y claro, en alemán no tengo fluidez ninguna, no me satisface igual.
Así que me he lanzado.
Además, el Sevilla acaba de perder 2-0 contra el Getafe y estoy mosqueada. Bueno, no estoy del todo mosqueada, estoy al filo del mosqueo, como si el mosqueo fuese una habitación con la puerta entreabierta a la que me estoy acercando, me quiero asomar, pero sé lo que hay dentro y no acabo de decidirme. Y voy a intentar mantenerme ahí, en el umbral, y ya mañana me sacudirá la hostia de realidad de este año, otra vez, y es que creo que vamos a descender.
A lo largo de este año, debido a la temporada tan lamentable que estamos haciendo en Liga, pienso mucho en el fútbol, en la psicología y carácter e los aficionados, y en los míos propios. Seguramente resulto pedante a cualquiera, por eso este blog es mío y no está pensado, en principio, para que nadie lo encuentre, y aún menos lo lea. Pero sí, pienso en esas cosas y me gusta darle vueltas a grandes ideas que me vienen, aunque no llegue a ninguna conclusión.
La semana pasada ganamos 2-1 al Almería, y cuando marcamos el segundo gol que momentáneamente nos daba la victoria, se me saltaron las lágrimas. La alegría que sentí fue tan intensa como la de muchas noches grandes del Sevilla, y el alivio fue aún mayor. Y antes había sentido algo parecido con el 1-0 de penalti de Rakitic al Cádiz en el tiempo de descuento, o con el 2-1 al Getafe, también muy sufrido. Pero en medio hubo un par de victorias más holgadas y claras, sin sufrimiento, y me fui antes a casa. Con un 3-0 al Elche, en el minuto 80 me fui para casa paseando y tranquila. Y la felicidad que sentía fue momentánea también, fugaz, y calmada. En estos años atrás, con Lopetegui, llegué a no sentir nada cuando el Sevilla ganaba. Era lo normal, y daba una satisfacción puntual y de consumo rápido, como cuando llegas al coche aparcado y compruebas que está allí entero, o abres el frigorífico buscando algo para cenar, y efectivamente, como suponías, hay comida. Pero no sentía sorpresa, euforia, pasión. Y este año sí he vuelto a sentirlo, y los años que peleábamos por no descender, y los dos años de Machín y Montella y Caparrós. ¿Por qué?
¿Acaso el fútbol sólo puede vivirse así, como una montaña rusa de emociones, como un orgasmo, como un espasmo que te lleva al cielo, pero sólo si antes has estado en el infierno? ¿Qué sentirá un aficionado del Madrid, acostumbrado siempre a ganar? ¿Cómo se es aficionado al fútbol sin sentirse así, sin este torbellino de emociones? ¿Se puede? Quizás se puede, pero yo no puedo. Quizás se puede si se es menos aficionado, y yo no puedo.
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